La Chaquetía
Entre castañas y espíritus: lo que aún nos une a la tierra.
Uno de noviembre. Hace solecino y aumentan las ganas de salir al campo. Me pongo a rellenar la cantimplora mientras mi madre me echa más mandarinas en la mochila, además del puñao de castañas, nueces e higos para que no se me olvide hacer los matrimonios. Me llama una de mis amigas por teléfono para ver si estoy lista, que me de prisa y que vaya para su casa. Cojo la cantimplora, la mochila, la bici y tiro para allá. Nos vamos juntas a ir recogiendo una a una al resto del grupito, que nos vamos al lado del cementerio a pasar el día allí. Es uno de noviembre, inicio de los dosmiles y el “día de las castañas” en mi pueblo. Chaquetía o Chiquitía en otros sitios de la región.
Y Halloween no lo celebrábamos porque no se llevaba, hasta que llegó y lo celebramos de buena gana porque qué nos gusta ponernos un buen disfraz.
Cuando Halloween tocó la puerta.
Lo que no sabíamos era que poco a poco nuestros coles iban a abandonar esta tradición que es muy nuestra, para sustituirla por Halloween. Y qué pena.
No me malinterpretéis. A mi me encanta Halloween. Me gustan una buena performance, un buen disfraz, unos buenos sustos y una buena estética “hallowinera” (aunque algunas vayamos un poco del rollito todo el año). Pero es que nuestras costumbres eran muy bonitas aunque no tuviesen tanto marketing. Más que marketing, rebranding.
Porque no, no es un producto exclusivo de los USA. Es un rebranding de nuestras tradiciones más ancestrales. En España ya celebrábamos Halloween antes de que se hiciese mainstream, sólo que depende del sitio se le llamaba de una forma.
El eco del Samhaim.
En primer lugar, hay que entender que esto ya viene de nuestro pasado celta: el Samhaim. Es una tradición pagana gaélica en la que los celtas celebraban la transición del verano a la época oscura, y que marcaba el final de la época de cosechas y buen tiempo, siendo considerado como el Año Nuevo Celta. Se trata pues, de la festividad más importante del calendario. Era el momento de cosechar los últimos alimentos del verano, así como honrar a sus antepasados.
En Samhaim, la frontera entre el mundo de los vivos y los muertos se abría y los espíritus benignos y malignos vagaban entre los vivos. Honraban a sus antepasados porque se sentían cerca de ellos.
Los celtas conmemoraban la muerte del “dios cornudo” que más tarde renacería en Imbolc (1-2 de febrero). Imbolc (también escrito Imbolg o Oímelc) es una antigua festividad celta que se celebraba aproximadamente el 1 de febrero, a medio camino entre el solsticio de invierno (Yule) y el equinoccio de primavera (Ostara). Marcaba el inicio del deshielo, el despertar de la tierra y el retorno de la luz tras los meses oscuros del invierno. Una fiesta que, con la cristianización se transformó en la Fiesta de Santa Brígida y en la asociación con la Candelaria (2 de febrero), cuya tradición también se está recuperando manteniendo los rituales antiguos: la purificación del fuego, la luz o el tizne. Se considera como la época del año de renacimiento y purificación, tanto de la naturaleza como del espíritu. De nuevo está ligado el resurgir de la naturaleza y las primeras cosechas.
Se cree que el el origen del término Samaín o Samhaín se encuentra en Shamas. Esta divinidad de la mitología celta que se ubicaba bajo la tierra, se relacionaba con la regeneración de la vida. Fuente: https://hipertextual.com/2016/10/halloween-samain
Esta tradición se extendió por gran parte de Centroeuropa, las islas Británicas (en especial Gales e Irlanda) y llegó hasta una buena parte del norte de la Península Ibérica (lo que hoy conocemos como Galicia y Asturias para posteriormente extenderse por otras regiones con la expansión de los pueblos Celtíberos).

Las diosas que velan bajo la tierra.
No obstante hay que concretar y tener en cuenta la mescolanza y asimilación de culturas, puesto que en la mitología romana también encontramos una relación clara entre la fertilidad y la muerte: Proserpina, la diosa del inframundo y la fertilidad. Una diosa hispana prerromana tiene semejanzas con ella: Ataecina.
En el proceso de hibridación cultural entre celtas y romanos, los atributos de esta diosa fueron asimilados por la deidad de Proserpina (o Perséfone en la mitología griega). A veces y según expone Jesús de la Cruz, las divinidades extranjeras que compartían atributos con las indígenas también eran adoradas y convertidas en miembros del panteón romano.
Mencionada en este artículo está también María Paz García-Bellido, quien relaciona a Ataecina con una divinidad lunar:
“diosa madre ctónica, protectora del pueblo turobrigense, a quien garantizaba la riqueza de la tierra y los cultivos, la protección de los muertos, la salud del agua y la explotación de metales.”
Numerosos autores recogen a esta divinidad como una representación divina del inframundo y de la agricultura, viendo entonces estos puntos compatibles.
La relación entre la fertilidad y la muerte viene recogida o celebrada siglos atrás. Bien representada a través de deidades, bien con fiestas donde se recogían un sin fin de costumbres cuyos resquicios se mantienen a día de hoy a lo largo de la península.
¿Pero y el Día de Todos los Santos?
Pues justo comienza en el siglo IV celebrándose el 13 de mayo, conmemorando a los mártires perseguidos durante los primeros siglos del cristianismo (esto comienza en el año 313 d.C con la libertad de culto del Imperio Romano). A España llegó antes de finalizar ese mismo siglo.
A partir del siglo VIII (año 741) la festividad fue trasladada al 1 de noviembre por orden del papa Gregorio III, pero no fue hasta el mandato del papado de Gregorio IV cuando se convierte en universal, con intención de sustituir a la fiesta pagana del ‘Samhain’.
Aunque en algunos lugares sí que se sustituyó totalmente, muchos fueron donde se realizó una mezcolanza de ambas celebraciones. Al fin y al cabo, muchas tradiciones cristianas acaban bebiendo de las paganas.
La noche previa al 1 de Noviembre, el 31 de Octubre, se hacía una vigilia o víspera que en inglés se denominaba “All Hallow’s Eve (Víspera de Todos los Santos)” que acabo derivando en Halloween.
Hasta mediados del siglo XIX esta tradición no llegó a los Estados Unidos y lo hizo de la mano de los cientos de miles de irlandeses que hasta allí inmigraron a raíz de la conocida como ‘Gran hambruna irlandesa de 1845’, llevando consigo todas sus tradiciones y festividades. No fueron los únicos migrantes con pasado celta que llevaron también sus tradiciones: españoles y portugueses también les siguieron.
¿Seguimos creyendo entonces que es una fiesta que no nos pertenece? ¿Y por qué seguimos encontrando susurros de la época?
Lumbres que purifican, fuegos que recuerdan.
En el norte de nuestra península encontramos el Samaín en Galicia o Asturias, donde también tienen los magostos, magüestus o castanyadas. El Samaín viene a recuperar la esencia del Samhaim gaélico, pero también se celebra el Magosto. Y no sólo en Galicia: Asturias, León, Zamora, Salamanca, Cáceres, parte de Cataluña (castanyadas) y otras zonas del noroeste de España.
En los magostos suele haber otros elementos simbólicos, que están también presentes en otras fiestas de invierno: purificación por el fuego, ritos populares regionales, queimadas y contar leyendas locales.
Algo parecido hacen por la Alpujarra granadina con “la Mauraca”, considerado patrimonio inmaterial de la región y recuperada por las vecinas y vecinos de los distintos pueblos. Esta fiesta tiene origen en los repobladores gallegos tras la expulsión de los moriscos, y es otra versión de los magostos o castañadas. Citando el artículo publicado en ruralsierrasol.es :
“Su nombre esconde una historia aún más profunda. La palabra Mauraca proviene probablemente del término árabe múhraqa, que significa “combustión” u “holocausto”. Así, incluso en su etimología, la fiesta habla de fusión, de encuentro entre lo nuevo y lo antiguo, entre el fuego del presente y las cenizas del pasado.
La hoguera en la plaza es mucho más que calor: es símbolo, es raíz, es reencuentro. Es allí donde todo comienza: el aroma de las castañas, el murmullo de la gente, el tintinear de los vasos, la música que brota entre montañas.”
En ciertas localidades de la Alpujarra están altamente asociado con los ritos locales y la tierra, además de tener un profundo lazo con el territorio: la sierra y sus bosques de castaños.
Como vamos observando, en estas festividades populares y comunitarias aún hoy se mantienen muchas de las costumbres que tenían que ver con las ofrendas a los muertos y a espantar a los malos espíritus.
Dice Israel Espino en su artículo para el hoy.es:
“El día 31 creíamos que los espíritus podían salir de los cementerios y apoderarse de los cuerpos de los vivos para resucitar. Para evitarlo, ensuciábamos las casas y las decorábamos con huesos, calaveras y murciélagos para que los muertos pasaran de largo. Hoy, miles de años después, seguimos haciendo lo mismo, aunque pensamos que lo copiamos de América.”
Una tradición que hoy día se mantiene es la de “embajadores de la muerte”, en la que se elegía un grupo de personas que iban puerta por puerta pidiendo ofrendas para los espíritus.
También se utilizaban nabos que se vaciaban para introducir una vela dentro y poder guiar a los espíritus sin que las velas se apagasen por el viento.
Otras de las costumbres era la utilización de trajes y máscaras para ahuyentar a los malos espíritus. Hacían alguna ofrenda y dejaban comida fuera.
OSCEC menciona otras figuras clave en Extremadura, que probablemente tengan su origen en las fiestas de invierto celtas donde se espantaban a los espíritus:
“Nuestros antepasados se vestían con harapos y máscaras para adoptar la apariencia de un espíritu maligno y evitar así ser dañados. Los espíritus eran suplantados por hombres jóvenes vestidos de blanco con máscaras o la cara pintada de negro. Se ensuciaban las casas y las decoraban con huesos, calaveras y murciélagos para que los muertos pasaran de largo.”
“Nos han enseñado a creer que en Extremadura no teníamos pasado ni historia. Nos han enseñado a creer que el Jarramplas, el Jurramacho, las Carantoñas o las Encamisás son simples coincidencias.”
“Las hogueras tenían también un papel fundamental en este día. Todos los otros fuegos se apagaban y en cada hogar se encendía una hoguera en la chimenea. Se sacrificaban animales y los huesos se arrojaban a la hoguera. Este fuego sagrado recibía el nombre de Magosto, y es el nombre que esta fiesta recibe en la actualidad en varios pueblos del oeste de Extremadura.”
Recuerda que nuestras tradiciones tienen su base histórica y que van de la mano con las costumbres de nuestras ancestras. No es raro ver cómo en muchas localidades se está dando valor, haciendo partícipe a todo el pueblo.
Los nombres del otoño castúo.
Es el caso de mi pueblo extremeño como he comentado al principio, donde se está recuperando la Chaquetía. Una costumbre que antes llamábamos “el día de las castañas” y que coincidía con el día “to’santos”. Un día en el que las chavalas y chavales para celebrarlo nos íbamos al campo en bici con nuestra buena bolsa de castañas a la espalda y las comíamos al lado del cementerio. También se asaban castañas en el colegio o en las casas, tostaditas en el brasero de picón.
No es la única denominación: La Chaquetía, El Magusto, La Carvochá, Los Calbotis, El Conqui. Según OSCEC:
Dentro del mundo celta se encontraban también nuestros antepasados lusitanos, vetones y túrdulos y, por supuesto, celebraban este día. Es por esto, y no gracias a romanos, cristianos o americanos, que dos mil años después se sigue celebrando en Extremadura.
Aparece con cerca de quince denominaciones distintas y esto nos da cuenta de lo profundamente arraigada que está esta festividad en nuestra tierra.
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A pesar de las distintas denominaciones, en general es una costumbre muy similar presente en la mayoría de pueblos de Extremadura, incluso en aquellos nuevos de colonización donde las tradiciones estaban algo más diluidas.
En muchos de estos pueblos, los niños iban pidiendo por las casas los frutos y frutas de temporada: castañas, bellotas, higos o granadas. A veces, lo acompañaban con diversas cancioncillas:
“Tía María, demi usté la chaquetía de los pollus de mi tía. Unos cantan y otros pían y otros dicin, castañas cocías, castañas cocías.”
“Tía, tía, dami la chiquitía, que si no no eris mi tía”
“Tia Maria demi vusté la chaquetía o si no le cortu el su rabu i la su torzia”
“Los Santos o te rompo los cántaros”
Pero como en la diversidad también está la riqueza, vemos como en algunas comarcas esta fiesta se celebra con algunas particularidades.
- “Los Pantasmas” de La Siberia: eran personas que se disfrazaban de blanco y salían por la noche a deshora para asustar a la gente. Muchas veces llevaban una calabaza agujereada en la cabeza con una vela encendida. Esta costumbre duró hasta la guerra civil, ya que muchas de estas costumbres fueron prohibidas durante el régimen franquista como los carnavales.
- “El Conqui” de Quintana de la Serena, Montijo y Malpartida. OSCEC señala que “Conqui” significa “Trato” en estremeñu (comúnmente conocido como castúo). Esto hace ya referencia a que la advertencia de “truco” lleva tiempo en estas regiones de Extremadura. A menudo usaban sandías, melones y calabazas en las cuales ponían una vela dentro y las llamaban la ‘Calavera el Conqui’ (Calavera del truco).
En Montijo, los niños iban por las casas con el melón “tuneao” y cantaban:
La calavera al Conqui
te da muchos sustinos
si mos das caramelos
mos iremos prontino
El alma de la tierra y la memoria.
Por supuesto, no hay que olvidar la práctica de adecentar los nichos y las lápidas en el cementerio, comprando y encargando previamente las flores para los jarrones y los centros. Flores frescas o flores de tela que sean “apañaínas” y que duren mucho. La puesta en común del dinero familiar para las flores aunque siempre vayan las mismas manos. Cubo, estropajo y lejía para la pared. Productos especiales para el mármol de las lápidas. Que quede todo bien limpito y bien cuidao, para que la gente vea que todavía nos acordamos de los nuestros. Las velitas en las casas para recordar a nuestros difuntos y nuestros santos que no están, pero que se saben calentitos en nuestros corazones.
Siempre bromeo que si me voy pa’ el otro barrio “antes de tiempo” (¿cuándo es antes de tiempo?), a mi que me incineren y me tiren a los pies del olivo que plantó mi abuelo. Es ilegal pero yo la multa ya no la voy a pagar. El caso es que siempre pienso: “¿pa’ que me van a enterrar en un nicho pa’ estar dando castigo con la limpieza y el arreglo del mismo? que se abracen al árbol y jau”. Y ahora me hago la pregunta de quién iba a ir a limpiarlo y arreglarlo, si las nietas y los nietos ya hemos perdido esa buena fe por los tiempos y por estar fuera. ¿Quién iba a hacerlo?
Y de alguna manera creo que nos aferramos a la tierra y que por eso seguimos celebrando esa parte de la vida, pero nos hemos desconectado totalmente del cuidado del duelo y la conexión con la muerte.
Así que hoy le pondré una velita a tos mis difuntos y difuntas, lejos de sus tumbas.
Y así veremos como nuestras raíces siguen presentes, creciendo y sosteniendo todo lo que conforma nuestra identidad. Que están ahí, que no se han ido. Que forma parte de todo ese patrimonio inmaterial que nos une y que se sustenta sobre el cuidado de nuestros campos, de nuestra memoria, de nuestros ancestros y nuestra comunidad.
Tenemos que resistir en la pausa de cosechar nuevos frutos que crezcan de la tierra de nuestros abuelos. Tenemos que asistir a la idea de que nuestras costumbres son válidas y valiosas porque nos dicen quienes somos. Tenemos que volver a hacer las paces con la pérdida, con el duelo y con la muerte.
Que ante el desquebrajamiento de lo cotidiano, existen otras formas de seguir siendo comunidad. Ante las diferencias y el detrimento por el odio a lo externo, nuestras raíces nos siguen marcando el sendero a seguir.
Desde los márgenes.
“Mis muertos aún viven en mi piel.
No como un recuerdo, sino como una sustancia de la que estoy hecha”
- IG @ Entrelibros_abril
*Recomendación*:
cortometraje especialmente bello, que se basa en la tradición del “Día de los Muertos” mexicano.




